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¡Viva los novios!
El costurero de Henriette.

Parte de los sucedido esta mañana lo atribuyo a la costumbre supersticiosa, o tradición, que impide a la novia ver al novio hasta el momento de la boda, en la iglesia o donde sea que esta se celebre.
Después de la nada fácil tarea de colocarme el vestido de novia, las damas de compañía y la modista se habían retirado, ajetreadas en sus propios preparativos. Quedé sola unos momentos, por primera vez en varios días, la modista, Henriette se llama, regresó enseguida porque según dijo había olvidado su costurero en algún lugar de la habitación y lo precisaba. Le ofrecí mi ayuda para encontrarlo y pronto estábamos revisando cada rincón de la cámara, con las dificultades del caso para mí, ataviada hasta con el velo de novia como estaba.
Reparé entonces, dada la renovada cercanía, que Henriette aproximándose a los cuarenta y cinco era dueña de una madura belleza. Tiene profundos ojos verdes, y labios sensuales, además de una figura plena, rotunda diría yo, que no le impide ser muy rápida de ser necesario. Yo me había reclinado sobre un edredón, tratando de llegar a un ángulo donde había visto caído el costurero de Henriette, de espaldas a ella, cuando sentí sus manos que me acariciaban, por debajo de la amplia falda que ella misma había cosido.
La sorpresa y la posición en la que estaba me paralizaron, descubrí también que me gustaba lo que Henriette hacía, primero con sus manos, y luego con la boca. Sin dejarme girar, cosa que quise hacer para estar de frente, me besaba lentamente. Recordé que la modista, una hora antes, mientras me ayudaba a vestir el traje de novia, me había persuadido para que no usara ropa interior. Es mucho mejor así, había dicho, cuando tu esposo lo note verás que no puede contenerse y consumarán el matrimonio antes que llegue la noche, de bodas.
Relatos - Viva los novios - El costurero de HenriettePero era Henriette, hoy, quién recorría con su lengua mis muslos y mas acá, entre exclamaciones de placer que a poco se mezclaron con las mías. Un rato después, recostada sobre el mismo edredón con las piernas abiertas, Henriette aguardaba. Siguiendo sus indicaciones, ella sabía como, comencé a usar la lengua. Mas tarde cuando se marchó pensé, soy sobretodo una muchacha práctica, que debería usar el bidet antes de llegar a la iglesia y en encargarle a Henriette algunos trajes para el próximo otoño, al regresar de la luna de miel.

Traducido del francés por Aristide Surcoff, ilustración atribuida a Emile Becat.

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