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Simetría

En mi juventud leí Trópico de Capricornio, de Henry Miller. Por entonces, también tomaba mis primeras lecciones de piano en una vieja academia del barrio de Coghland. Recuerdo, es un recuerdo vívido, pese a los veinte años transcurridos el incidente narrado en el libro, del también adolescente protagonista con su profesora de piano.
No tuve la suerte, por así decirlo, del protagonista que mas tarde supe era el mismo Miller, o se supone lo fuera. Las lecciones me las daba un malhumorado maestro siempre un poco resfriado, siempre con el mismo traje y caspa en los hombros. Pero me consolaba releyendo esas páginas de Miller donde el joven finalmente terminaba haciendo el amor con su maestra de piano, un poco desequilibrada ella, pienso ahora.
Las circunstancias hicieron también de mí un maestro de música, pero siempre rechacé posibilidades, que se dieron, de dedicarme a la enseñanza, preferí tocar jazz en los pocos lugares donde podía hacerlo en Buenos Aires, grabar acompañando a músicos lamentables y exitosos, admirando al Mono Villegas como pianista y comentador de la realidad. Ese Mono Villegas que dijo hablando de un conocido músico y cortesano de todos los gobiernos "... A. R. toca con un martillo en cada mano".
Pero me alejo del relato, de como acepté dar lecciones a María Isabel, la adorable sobrina de una amiga que debió insistir bastante antes que yo aceptara la tarea. Un lugar común: el profesor de lo que fuere, la alumna jovencísima y bella, la seducción etc, no es ese el escenario preferido por mí, comenzando porque María Isabel no necesitaba tomar lecciones, ya era pianista y buena.
Relatos - Simetria Si algo necesitaba era mucha práctica y un excelente piano, el mío es un Steinway. Me convertí en dueño de esta maravilla después de muchos años en los que el Steinway pasó por diversas manos, siempre de parientes. Estos murieron legándome el dinero necesario para vivir cómodo y el piano, que terminó en mi casa.
María Isabel quería ganar una beca muy importante e irse a Italia, por tanto comenzó a venir primero dos veces por semana y luego todos los días, salvo los fines de semana. Al poco tiempo le dí un juego de llaves para que viniera a practicar, aunque yo no estuviera. Era por entonces una muchacha gentil que se iba transformando, ante mis ojos, en la espléndida mujer que es hoy.
Fue por iniciativa suya que algunas tardes preparaba té, una costumbre que duró varios meses, compraba masas en la cercana Steinhauser en camino a mi casa. Hablábamos siempre de música y de pianistas, le presté varios discos de Therlonius Monk, le hablé de Julio Cortazar y de su texto sobre Monk. Éramos amigos y colegas. Una tarde llegué y la ví muy distraida, se esforzaba con la Gnossiennes número 5, que habitualmente tocaba sin dificultad. Le hice algunas observaciones, entonces, con toda la gracia que era en ella natural, se recostó en mí y la abracé. La abracé y comencé a acariciarla. Esa tarde contó que había ganado la beca, y que debía partir pronto a Milano. Desde entonces y cada tanto llega una postal suya, siempre de ciudades distintas. También no mas de dos o tres veces al año, siempre por la tarde, escucho su voz en el teléfono.

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