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Clítoris - I

Si, me llamo Clítoris-dijo la mujer.

Sentada frente a ella Clea la observaba. El sol de Grecia, su tierra, calentaba sus piernas y los pies calzados con sandalias de fino cuero azul, y tiras, que llegaban hasta la mitad de la pierna.

Y mi padre no fue rey sino gladiador –continuó diciendo la mujer, de pelo renegrido, y cuerpo pequeño, bellamente proporcionado.

Sé de él, y de sus luchas contra Minos de Creta –respondió Clea. Pero me interesa mas tu historia, o una de ellas, porque supongo tendrás muchas.

Las dos mujeres una de pelo rubio y largas piernas, Clea, la otra de piel mate Clítoris, estaban sentadas en una mesa afuera de un pequeño bar, en el Pireo. Faltaba poco para el mediodía, sobre su mesa había platillos con aceitunas negras, pan, queso de oveja, vasos y una botella de vino.
Relatos Eroticos - Clitoris
Zeus- dijo Clítoris después de un breve silencio, ese sí que se quedó con las ganas. Y yo evité ser empalada, dolorosamente empalada por ese animal. Pero antes de contar nuevamente mi historia, que narrara el rapsoda ciego, aclaremos algo -dijo la mujer menuda de ojos verdes y gestos de princesa ¿Clea es tu nombre, tu verdadero nombre?

Clea se estiró en la silla y flexionó su espalda igual que una gata, sirvió vino, para ambas, y respondió: puedo llamarme de diferentes maneras, en diferentes lugares, en distintas lenguas, y en distintas épocas: Clea, Clhoé, hoy para ti, y ya que me descubriste soy Clío.

Musa de la Historia –dijo Clítoris. Y te interesa volver a escuchar lo que sucedió con Zeus. Es muy simple no sucedió nada.

¿Nada?-dijo Clea. Tomó mas vino y volvió a mirar a su interlocutora. Con más curiosidad ahora.

Nada de lo que él quiso hacer -comenzó a decir Clítoris. Me deseaba hasta la desesperación. Anticipaba, imaginándolo, su placer al penetrarme. Su verga ardía cuando pensaba en mi pequeño sexo, y que este la apretaba, ajustando como un guante mojado su enorme pedazo. Huía de Zeus en cada ocasión, pero cada vez era más difícil evitar sus acechos, hasta que un día me acorraló y empezó a arrancar mi túnica, erecto y con el rostro enrojecido, entonces algún dios, o más probablemente una diosa, acudió en mi ayuda.

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Prylidiano Buster

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