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Matildita desafía la ley de gravedad

Una mujer corpulenta, yo en este caso, ¿debe renunciar a ciertos gustos? ¡Claro que no! Pero como en todo rosal hay espinas debí superar, para satisfacer mi capricho, un problema de equilibrio. Equilibrio inestable, lo llaman los que saben. Una amiga, de nombre Alondra, es de las que saben; pesa unos kilos más que yo y también tiene sus ocurrencias. Para entrar en tema, literalmente: me gusta que me la metan en el culo. No siempre, no todas las semanas siquiera, una vez al mes tan solo, eso sí: como soy dada a la poesía me gusta que la ocasión coincida con el plenilunio. Pero hubo una primera vez, y para ella debí resolver esa cuestión del equilibrio… inestable. Las mujeres rotundas, plenas, somos muy sensuales. Rubens lo supo casi mejor que nadie. Pero metérsela en el culo a una mujer de mi calado tiene sus bemoles, no es fácil, por más empeño que se ponga, además de lo imprescindible.
Cuando esa primera vez Arnaldito, mi amante, me vio intentando subir al sillón, de espaldas a él, por poco le da un ataque. Prefiero imaginar que Arnaldito lo hace por deseo, pasión, hasta por cariño y no hablar del desagradable hecho que debo pagar sus atenciones. - ¡Mi Dios es como la toma de La Bastilla ¡ -dijo el muy turro, sin poder ocultar, además del temor sus simpatías republicanas. Relatos: Matildita desafia la ley de gravedadPara esto yo, encaramada al sillón con las piernas en los antebrazos del mismo, trataba de no volcar al mismo tiempo que ofrecía, la enorme luna llena de mi culo al en principio poco dispuesto Arnaldito. Debo reconocer lo embarazoso del trance, aunque embarazoso no es la palabra mas adecuada. Por un lado yo estaba sin dudas muy caliente, por otro existía el riesgo cierto que debía hacer equilibrio con el sillón para no ir de cabeza al piso, además Arnaldito superado el miedo del primer momento, me sacudía con ganas balanceando el sillón y por tanto aumentaba el riesgo de caer. Y no solo eso tal era su entusiasmo que, poco antes de que llegar a la culminación, comenzó a cantar a los gritos ¡Allons enfants…..!

Traducido del francés por Aristide Surcoff.

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