Relatos Leído: 8289 veces.

Untitled Document

La Anciana de Teusaquillo - Parte II

En la cocina, Tiziano la asaltó sin poderse contener, después de cerciorarse de que no había nadie más en el apartamento.

Le acarició el vientre y le mordió el lóbulo de la oreja, al tiempo que la mujer cedía sin ningún problema.

Carmen cerró los ojos y jadeó, mostrando el colmillo amarillento. Tiziano le lamió unos hilillos de pelo que colgaban de la barbilla y luego le acarició los muslos, de donde brotaban largos pelos; le tocó el ombligo hundido y fue descendiendo hasta tentar el calzón blanco, ligeramente húmedo.

Carmen jadeó con desesperación y sin abrir los ojos, sintió cómo Tiziano le despojaba las bragas y le tentaba la abundante pelambrera lubricada. Entonces la anciana abrió los ojos y sintió una ligera sensación de asombro cuando vio esa estampa viril y hermosa que tenía entre su piel.

Agachado, Tiziano buscó el clítoris con la lengua, mientras abría la vulva con los dedos. Halló la minúscula campanilla escondida entre las blandas carnosidades.

Carmen se tumbó en el piso, sacó el miembro erecto del joven y lo apretó hasta colocarlo en la puerta de su vagina. Los labios se abrían amoratados. Entretanto, el corazón de Tiziano palpitaba acelerado y el escozor interno llegaba al clímax.

Cuando introdujo el pene duro en la concha de la vieja, éste resbaló con plácida facilidad. Para sorpresa de ambos, el acoplamiento fue perfecto, como si se hubieran conocido hacía mucho tiempo.

El orgasmo les hizo gemir al unísono mientras se abrazaban con furor. Sin pronunciar palabra quedaron exhaustos, tirados en el baldosín de la cocina, bocarriba. Al cabo de dos o tres minutos, Tiziano ayudó a Carmen a ponerse en pie y con servilletas comenzaron a secar superficialmente secreciones, humedades, gotas de sudor y de eyaculación.

Nada se dijeron. Se miraron prolongadamente. Tiziano acarició el rostro de la anciana, le besó la nariz y salió apresuradamente del edificio.

Carmen continuó sus quehaceres domésticos. En menos de un cuarto de hora comenzarían a llegar, uno a uno, el esposo, los hijos, las nueras, los yernos y los nietos.

José Luis Díaz Granados

Volver al Inicio de Relatos


Enviar a un amigo por mail

Puedes recomendar este texto a tus amigos si lo deseas, completando el siguiente formulario. Ellos lo recibirán en su casilla de correo.

Nombre:
E-mail: