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La Anciana de Teusaquillo - Parte I

Tiziano Argüello timbró en el apartamento 302. El parque de la 34, en el tradicional barrio bogotano de Teusaquillo, vibraba de alegría multicolor y gritos infantiles. Buses, taxis y automóviles particulares iban y venían por la avenida.

Una voz de anciana cansada interrogó al otro lado del citófono. Tiziano se identificó.

La anciana dijo: "Ahhh!”. Carraspeó y luego agregó con voz pausada. “Ya bajo por la encomienda”.

A los pocos minutos, Tiziano vio aparecer una mujer ancha, de edad imprecisa entre los 65 y 70 años, de mediana estatura, la cara redonda con incipientes arrugas, los ojos achinados y la nariz chata. Un colmillo sobresalía entre sus labios. La cabellera plateada, caudalosa, llegaba hasta las nalgas fláccidas. Un vientre redondo como un globo anaranjado sobresalía entre la falda ceñida. Las piernas peludísimas, llenas de várices, descansaban sobre unos pies anchos, sucios, con las uñas mal cortadas.

Abrió la puerta de la reja y Tiziano le dio la mano, al tiempo que sentía un aroma a champú de cerezas.

Los ojos achinados de la anciana rutilaron. Hubo un relámpago interior, algo extraño, y Tiziano retuvo largo rato la mano robusta de la mujer. Ella sonrió con una mueca y lo invitó a tomar una taza de café.

Tiziano aceptó de inmediato. Sintió la culebrilla picante entre su pecho y la boca del estómago.

- ¿Cómo te llamas? -Preguntó Tiziano al tiempo que se atrevía a tutearla.

- Carmen -dijo ella.

El subió la escalera lentamente mientras contemplaba el ascenso de las deformes nalgas que se movían como gelatinas entre la anaranjada minifalda.

José Luis Díaz Granados

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