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Eyaculación Precoz - I

En mis años no creo haber sufrido, seriamente, de eyaculación precoz. Ah bueno, al principio, es obvio. Fui un masturbador impenitente durante muchos años (de los 13 a los 22, edad ésta última de mi primera relación sexual) y, claro, con la paja uno se viene cuando quiere, generalmente rápido, según la sabia dirección de la mente o de la mano.

Pero cuando un compañero del colegio me contó que sufrió de eyaculación precoz ---y me contó también cómo se había librado de aquellos derrames impertinentes a través de la concentración mental, pensando, por ejemplo, en la resolución de algún problema de álgebra mientras se lo metía a una provocativa y provocadora vendedora de la papelería de la esquina o recordando el parágrafo del artículo tal de la Constitución del 86 mientras la muchacha le suplicaba así, así, déle así, y yo me convertí sin proponérmelo en un tirador sin problemas de ese tipo.

Y así transcurrieron treinta y cinco años de mi vida adulta: tres matrimonios que se vivieron con intensidad y se acabaron por incompatibilidad de caracteres o por lo que sea, pero menos por asuntos de índole sexual. Una vez ---pero eso fue hace quince años--- una hembra-hembra, con toda la sensualidad, fervor y olor felinos de que pudiera ser capaz una hembra total, me rozó su delicado y sensual trasero en un bus repleto de gente y, la verdad, sentí que casi el gusano del deseo se me desbordaba por el gusano del placer, sin que esto último se llevara a cabo.

De manera que nunca, pero en verdad que nunca ese problema de la eyaculación precoz me desveló, ni me preocupó ni me importó un soberano bledo. Carajo, hasta hace pocos meses. Salí temprano una mañana como de costumbre, llegué a mi oficina y en el corredor que conduce a las escaleras de emergencia, me tropiezo de manos a boca con la mujer que lava los pisos del edificio.

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José Luis Díaz Granados.

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