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En el Club de los Eunucos - I

Por fuera es un edificio que no llama la atención, el mucho tránsito de la calle Sarmiento ayuda a que pase desapercibido. Pero si alguien, con suficiente tiempo para perderlo, se parase en la acera opuesta pronto advertiría que la construcción es extraña, como si algo le faltara.

Una noche de sábado, el primero en llegar y detenerse ante el portero eléctrico, fue Feliciano Zelenón. Se apuró en musitar la contraseña de esa noche y la puerta se abrió, al instante. Todas las precauciones eran pocas, los miembros del Club de los Eunucos estaban habituados a los intentos de curiosos, periodistas, y mal intencionados de toda laya para acceder a las instalaciones del club. Pero las mujeres eran las peores. Un año atrás el Conserje, cargo electivo y de enorme responsabilidad desempeñado por uno de los socios fundadores, había descubierto que una persona travestida de mujer parecía un hombre que parecía una mujer, era en realidad una mujer: curiosa e imaginativa. El incidente recordado por todos los presentes en aquella ocasión, tuvo un momento cómico, el Conserje una persona culta, lector atento de los textos de Severo Sarduy, había observado a la travesti con un poco menos de pasión, y mas perspicacia, que algunos de los otros socios. El Club considerado más allá de las fronteras un baluarte, por aquellos que reunían los atributos imprescindibles para pertenecer al mismo, se distinguía además, por la excelencia y variedad de tragos que podían conseguirse en el bar. Relatos Eroticos - Clea En aquella ocasión varios socios, y la persona que dijo llamarse Miranda, bebían cerveza irlandesa suelta, espesa y con espuma. Acompañaban la cerveza con emparedados de salmón, y queso crema. Después de beber varias pintas, educada y discretamente los eunucos comenzaron a retirarse rumbo a los lavabos. Aliviada la vejiga retornaban para seguir la charla, y los tragos. Miranda no se había alejado de la barra, llevaba hora y media bebiendo cerveza. El Conserje, que no le quitaba los ojos de encima, propuso una partida de backgammon, los otros miembros aprobaron la idea y abandonaron el bar para ir a una de las salas de juego del Club. Miranda dijo entonces que debía irse, todos se opusieron con energía dado lo cual, y aunque a regañadientes, dejó de lado su decisión. Visiblemente tenso, Miranda se sentó, junto con los otros, a la mesa de backgammon. No habían arrojado los dados más de un par de veces, cuando Miranda se levantó, con una sonrisa mencionó la urgencia de una escala técnica, así dijo y partió. Nadie le prestó atención, salvo el Conserje. Esperó un momento y luego abandonó el juego, para seguir a Miranda a los lavabos. Cuando entró en ellos no encontró al supuesto travesti frente a la fila de mingitorios de mármol. El sonido cantarín de la meada, en uno de los retretes, reveló el sitio donde el travesti orinaba. El Conserje vio bajo la puerta sus zapatos de tacón alto y las medias negras, y luego de abrir la puerta a Miranda, sentada en el inodoro.

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Prylidiano Buster.

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