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En el baile de disfraces

El baile de disfraces vivía su esplendor, su efervescencia. Doscientas cincuenta personas bailaban apretujadas, pero eufóricas, a juzgar por sus expresiones de risa bajo los antifaces. El salón estaba atiborrado de ventiladores, sin embargo, las parejas sudaban. Bajo las notas de la zamba, el cha-cha-cha, la lambada, la cumbia, los sones de la provincia de Carlos Vives y el rock árabe-caribeño de Shakira, se movían por aquí y por allá mandarines chinos, toreras, militares, arlequines, magos, scherezadas, amazonas, fakires, cosmonautas, monjas, policías, todos ellos con una prenda común: el antifaz. Debajo de él, algunos (o algunas) se teñían la piel con tintes, letras, signos y tatuajes. Estaban irreconocibles.

No obstante, Charlie -disfrazado de etíope, con el rostro teñido de color café, frazada, chaqueta blanca y turbante del mismo color y una candonga en la oreja izquierda-, había reconocido en la geisha que danzaba con su tío Adán -convertido en un torpe bailarín que tropezaba con todos bajo su incómodo disfraz de cura franciscano-, a la pareja cuyo solo pensamiento, olor, contacto, visión o recuerdo le producía un crónico y, a veces incómodo, priapismo.

En un lapso de dos horas, las libaciones de whisky, brandy, cogñac y aguardiente se sucedían sin descanso. Charlie bebía, bailaba mecánicamente con cualquier ángel o demonia que estuviera a su lado, y a pesar de la embriaguez, la excitación continuaba intacta. En ningún momento dejaba de vigilar a la geisha, que callada, bailaba una y otra vez con su tonto pariente.

Poco antes de la medianoche, Charlie se lanzó sobre su presa. Sintió un raro escozor, un delicioso escalofrío, un miedo íntimo, cuando tocó la piel de la mano con que la mujer aceptaba bailar. Luego, el roce de la mejilla y el contacto con su cuerpo -cara, senos, vientre-, llevaron su erección y excitación al máximo. El tufo alcohólico de la geisha estimuló la pasión, que casi termina en procaz derrame de su acumulado semen.

Hablar algo resultaba vano entre tanto bullicio, aunado al alto volumen de los parlantes. De manera que Charlie apretó lo que más pudo su polla contra la pelvis y bultos aledaños, atreviéndose a una invasión de lengua en la boca femenina.

No hubo oposición. La facilidad con que la geisha cedía a las intenciones del impaciente etíope hacía que éste se angustiara a cada momento. El sudor le desteñía la tintura de las mejillas y comenzaba a manchar el blancor de la chaqueta. La geisha sonreía, con unos dientes blancos -había dos de oro- que el etíope conocía muy bien.

Entre tanto, él hacía y deshacía durante el baile, de manera vertical lo que tanto deseaba de modo horizontal. El etíope estuvo a punto de eyacular, pero se detuvo. La geisha removió rítmicamente su vientre hasta que el pobre muchacho se soltó sin misericordia mientras metía su lengua en lo más profundo del paladar alcoholado de la hembra.

En el centro de la multitud danzante, la pareja se detuvo, la geisha abrazó al exhausto etíope, le pegó su rostro y balbuceó a su oído.

- No creas que no sé quién eres. Desde que te vi supe quién eras. Pero no. Tú te fuiste de la casa ya hace cuatro años y tu hogar está desde entonces con tu esposa y tus niños.

El etíope se despegó de la geisha, avergonzado: “ya lo sé, madre, no sé qué me pasa. No te reconocí, perdóname. No, qué horror!” Y diciendo esto volvió el rostro y el cuerpo y comenzó a abrirse camino por entre el tumulto de parejas que ya a esa hora comenzaba a excitarse de veras en busca de una feliz culminación.

José Luis Díaz Granados.


Breve Reseña biográfica del autor

Escritor, poeta y narrador colombiano, nacido en Santa Marta en 1946.

Ha sido uno de los mayores animadores y promotores de la llamada Generación sin nombre, denominación bajo la cual se agruparon desde 1968, algunos poetas colombianos nacidos en los años 40.

Ha publicado los libros de poesía: El laberinto (1968-1984), Cantoral (1992), Poesía dispersa (1994), Rapsodia del caminante (1996), Oficio terrenal (1998) y El libro de las visiones (2000), los cuales se hallan reunidos en un volumen titulado La fiesta perpetua, obra poética, 1962-2002, publicado en 2003.

Además, es autor de las novelas: Las puertas del infierno (1986), El muro y las palabras (1994), El esplendor del silencio (1997), Ómphalos (2003), La noche anterior al otoño (2005); de una obra teatral, La muñeca nocturna (1996) y de varios libros para niños.

El gobierno de Chile le otorgó la Medalla de Honor Presidencial “Centenario Pablo Neruda” (2004).

 

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