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El pisapapeles, o Napoleón Buonaparte antes de Waterloo.

Al regreso de su viaje anual a Paris, mi colega Jean V. me trajo un pisapapeles de regalo. Compartimos con Jean la profesión de historiador, aunque en distintas universidades. Ambos profesamos gran admiración por Nabuglione Buonaparte, como nos gusta llamarlo para desesperación de una profesora de francés conocida nuestra, con magníficas piernas pero poco sentido del humor.
El pisapapeles permaneció guardado todo un verano en su caja, tal como lo recibí de manos de Jean V. Luego me mudé a esta casa y en ella encontré un lugar discreto para ponerlo, no hubo premeditación en lo sucedido a partir de entonces. Prueba a mi favor es que en el lugar discreto elegido, el pisapapeles no estaba expuesto a las miradas de cualquier persona que me visitara.
El primer incidente, provocado por Nabuglione en esta casa, involucró a la casera. La encontré, sonrojada y absorta, con el pisapapeles en una mano mientras con la otra le quitaba el polvo con un paño. Lo dejó rápidamente en su lugar y se fue a la cocina, mientras se iba, debo reconocerlo, observé que tiene un hermoso culo. Unos días mas tarde y ya olvidado por mí el episodio, Buonaparte volvió a las andadas.
La señora K., esposa de un político local, arregló una cita conmigo por teléfono para encontrarnos en mi casa. Nunca la había visto antes, la señora K. llegó con una amiga llamada Francine y ambas contaron que forman parte de un grupo, pequeño, de señoras interesadas en algunos hechos históricos sucedidos en esta ciudad. Nos pusimos de acuerdo en la duración de un curso breve: tres meses (doce clases), y en mis honorarios. Gracias a este curso inesperado pude pensar en que, finalmente, podría comprar el telescopio que hace un tiempo deseo. El día de nuestra primera reunión, Francine llegó un rato antes de la hora convenida. La hice pasar a la pequeña sala y, para mi bochorno, descubrí que la casera había cambiado de lugar al triunfador de Marengo y este estaba frente a los ojos de mi alumna. Francine miraba de reojo al pisapapeles y luego a mí, pensé esconderlo, quitarlo de su vista, pero eso lo haría aún más visible.
Por suerte escuché que llamaban a la puerta de entrada y a mi casera, Melanie se llama, que acudía a abrirla. Aproveché un instante de distracción, mientras nos instalábamos en torno a la mesa, para ocultar el pisapapeles en un pequeño cajón. De esa primera clase solo recuerdo los ojos verdes de Francine que me observaban, divertidos. Cuando se fueron, poco mas de una hora después ella demoró solo un momento en decir que le daba un poco de vergüenza no saber casi nada de la vida de Buonaparte, y que tenía la esperanza que yo le explicara el porqué de algunos de sus actos, en una próxima vez.

Traducido del francés por Aristide Surcoff.

 

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