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El paraíso perdido y encontrado

Ambos, tanto Christopher como yo mismo a su edad, fuimos educados en la economía de los gestos. Un rasgo de caracter que distingue al caballero de los rústicos.

Aunque ensartado casi hasta la empuñadura y a punto de eyacular por afán de mi mano, el joven Christopher no perdió la compostura con gemidos, o peor aún pronunciando palabras sin sentido. Esa mañana, antes de nuestro paseo, habíamos leído otro capítulo del Paraiso perdido de Milton, y Christopher argumentó habilmente sobre algunos defectos en la prosa de este.

Relatos Eroticos - El paraiso perdido y encontradoPor un momento me distraje en la observación de sus hermosos bucles rubios, pero rápidamente retomé el diálogo. Cristopher discurría, con habilidad como dije, sobre Milton pero a mí se me había antojado encularlo antes del mediodía. No necesito excusas, sigo el método clásico de mis ilustres predecesores helénicos, el del maestro que ensarta a sus discípulos. Además si, como Cristopher declara, se encamina por vocación y linaje a una carrera importante en el Foreing Office, es necesario que lo haga en cuerpo y alma.

Dejamos entonces por el momento el Paraiso perdido y nos encaminamos en busca de otro, hacia un lugar del prado donde la fronda nos ocultaba de miradas indiscretas. Como en anteriores ocasiones nos adentramos en ella hasta donde algún ocurrente y sabio, antecesor o antecesora, había hecho colocar un amplio banco junto con una pequeña mesa de hierro y mármol.
El jovencito, debo decir que tiene un trasero de proporciones aúreas, se adelantó unos pasos para señalar el magnífico helecho que crecía en la oquedad de un tronco. Entonces, sin dejar de alabar su hallazgo dejé sombrero y bastón sobre la mesa y lo tomé por la cintura con una mano, mientras, con la otra desprendía su pantalón para acariciar su, al principio, tímido atributo.
Christophe me sorprendió por partida doble, mientras su miembro no dejaba de crecer en mi mano hizo una descripción con nombre en latín incluído del helecho antes visto, y luego sin que su voz se quebrara ni por un instante abrió las piernas gentilmente para favorecer el pasaje, soy también su maestro de latín, "per angostan viam". No pude menos que felicitarlo, por su elegante acento y por la deliciosa estrechez de su recto. Mientras regresábamos a la casa para almorzar, cercano ya el mediodía, me pareció ver en el rostro de mi discípulo un leve gesto de molestia. Durante la comida Christopher habló sin perder su estilo educado, mesurado y firme, a la vez su decisión de ser él quien me enculara, en nuestra próximo paseo por el prado.

Prilydiano Buster.

 

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