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El Oledor

En un lugar del Oriente, hace más de dos mil años, un sátrapa instituyó el cargo de Oledor Real. Este funcionario tenía a su cargo un equipo de cien varones robustos, muy serios y cumplidores de su deber. Un día -o noche- cualquiera, en forma inesperada -en algunas ocasiones aparecían en las viviendas a las 2 ó 3 de la madrugada, otras, a las 11 de la mañana o a las 4 de la tarde-, el Oledor aparecía y ordenaba a las mujeres -sólo se dirigía a las mujeres- colocarse en fila sin pronunciar palabra. Seguidamente comenzaba a olerles la boca, las axilas, el trasero, el sexo y los pies. Según el grado de buen o mal olor, el funcionario dictaba determinada calificación al auxiliar. El sátrapa era obsesivo con el aseo femenino y el premio por el mayor puntaje en este sentido era colmar de riquezas a ellas y a sus familias y de privilegios de diversa índole; por el contrario, a mayor puntaje por hedor -mala suerte si en ese momento menstruaban o tenían diarrea o las axilas sudaban por exceso de trabajo o sufrían halitosis aguda-, se les condenaba a prisión domiciliaria por varios días. Cuando tocaban a una puerta y una mujer gritaba: ¡el Oledor!, todas las féminas corrían despavoridas de uno a otro confín de la vivienda buscando agua, jabón, o algún bálsamo de urgencia que las salvara de la privación temporal de su libertad, pero en verdad, ese acto arbitrario y despótico del sátrapa oriental no producía en ninguna miedo ni rabia, sino más bien risa, risa nerviosa, a pesar de que violaba la intimidad de cada mujer y era a todas luces incómodo. Cuando el sátrapa murió, posiblemente de peste (dicen que a veces se disfrazaba de Oledor para hacer él mismo la inspección), la figura jurídica de este funcionario fue desmontada de inmediato y las mujeres de su nación volvieron a ser libres y felices.

José Luis Díaz Granados.

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