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El día de Lesbia

Autor: Claudia Mackeorn.

...que empezó a girar entre sus manos que en un compás privado moldeaban la pieza, primero tosca y grosera pero sumisa y flexible a los dedos artistas.

Mientras jugaba torneando un silbido de viento huracanado se filtró entre las plantas del jardín de invierno y un trueno retumbó altísono y bravo a la vez que se comenzaban a sentir las primeras gotas sobre la chapa que amplificaba los sonidos. No sintió el ruido de la puerta al abrirse, nunca ponía llave al taller. Marco había olvidado unos bosquejos que necesitaba para presentar a un cliente en la mañana.

Se detuvo extasiado ante la imagen que se ofrecía ante sus ojos. La espalda desnuda de Lesbia terminaba en sus nalgas perfectas achatadas por el banco que la sostenía. Sus pies tocaban con la punta de los dedos el suelo mientras sus manos, extremos indiferentes a la inmovilidad del conjunto subían y bajaban como marcando una sinfonía muda que envolvía el conjunto. Su cabello desordenado caía conforme al caos armónico de la imagen. El olor a arcilla fresca inundaba la habitación y se mezclaba con el fragor de la lluvia. Marco permaneció a la distancia y comenzó a retratarla.

Poco a poco la tormenta fue cediendo a la noche y se tornó calma y silencio agudo. Fue en ese momento en que Lesbia se dirigió a servirse otra copa y notó la presencia de Marco. No dijo nada; no se asombró ni intentó cubrirse, pero sirvió en vez de una dos copas y se acercó a observar su trabajo. Era más interesante que el de la mañana, tenía más fuerza y vigor; transmitía la verdadera mirada del dibujante.

Le quitó las hojas de la mano y lo abrazó con todo su cuerpo. Él devolvió el gesto besándola mientras ella lo desvestía. Marco la alzó ágil y la sentó sobre el tablero hundiéndose en la penumbra tibia restringida a sus ojos en la mañana. La lluvia volvió a castigar sobre la chapa imprimiendo el ritmo único del arte amatorio. Los dedos diestros de Lesbia hurgaban inquietos su miembro viril y complaciente a los caprichos de su amada. Lesbia notó sus manos fuertes, decididas, y fue lo único que necesitó conocer para entregarse en la letanía musical que enmarcaba la amalgama de brazos y piernas, manos y cabellos enredados que en movimientos a veces desesperados, a veces sensualmente lentos, buscaban recrear el viejo arte descrito con tanta poética por Catulo.

La respiración acompasaba húmeda el andar violento de las gotas de lluvia apresurada o en vaivenes que ascendían y descendían las lomas de los cuerpos trenzados en la lucha infinita y eterna del sexo.
A medida que avanzaba Marco en su andar perenne, Lesbia gobernaba con soltura las cimas del éxtasis y se entregaba al descenso cadente del regreso. La lucha se hizo encarnizada y salvaje imprimiendo en las hojas gotas de sudor. El silencio se transformó...

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