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El día de Lesbia

Autor: Claudia Mackeorn.

...mañana calurosa que hacía a Lesbia sentirse terriblemente atraída hacia Marco, de quien apenas conocía el nombre y su hobby. Su cuerpo desnudo y acalorado se humedecía debajo de la bata que torneaba sus caderas y su espalda. A propósito se dejó el cinto flojo y como en un descuido al inclinarse para servirse del termo Marco pudo ver el contorno de su pecho escondido. La forma adquirió el erotismo de lo semioculto, lo semidescubierto. Conversaron trivialidades; Marco venía para mejorar su figura humana, le gustaba el acrílico en pasta, el óleo también, pero le incomodaba su espesura.
A las 10.30 Patricia volvió a llamar, la sección “espectáculos” permaneció en el bolso de Lesbia. Volvió al centro y esta vez se mantuvo de pie adquiriendo la forma de una Venus de Boticelli. No escapaban a la atención de Patricia las miradas que ambos se dirigían; Marco bosquejaba con rapidez mientras Lesbia y Patricia disfrutaban de la situación.

Las gotas caían sobre sus muslos y resbalaban hasta suicidarse en la fontana dorada que se acumulaba entre sus piernas cerradas. Gotas grandes se hacinaban primero resistiéndose a partir y luego, llevadas por el peso mismo de la sumatoria se vencían sin sonido. La lluvia estaba tan suave que Lesbia decidió recostarse en la bañera y dejar que el agua corriera limpiando su piel. Por momentos se abrazaba a sus piernas y chupaba en un acto reflejo sus rodillas mientras sus manos masajeaban los dedos alargados de sus pies. Era en estos momentos en que fluían las imágenes en su mente y le revelaban la forma que adquiriría su próximo bloque de arcilla.
El aullar opaco del agua y su golpeteo al caer y estrellarse sobre su espalda le producían un efecto calmante y tranquilizador. Debajo de la ducha se sentía un poco más ella, extraña sílfide marina condenada a vivir sobre la tierra y en el aire, tapaba sus oídos y dejaba que el sonido la acunara.
Uno de sus más extravagantes gustos era beber bajo la lluvia una copa de vino, la cual servía en un cristal de Bohemia puro del cual brotaban notas acampanadas al ser rozado con su dedo húmedo. El silencio, o más bien el sonido del agua, la copa de vino, las notas del cristal y una luz tenue servían para aliviar el entumecimiento de la postura estática a la vez que la inspiraban y le permitían crear.
El taller ya estaba en calma, todos ya se habían retirado, incluso Marco. Envuelta en una toalla que perdió por el camino tomó un gran trozo de arcilla y lo colocó sobre el torno...

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