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El Amante despechado

Autor: Carmen Montalba.

Despertó con un fuerte dolor de cabeza, como una pulsión continua, la habitación apestaba a bourbon y un nombre flotaba en la memoria como un buque encallado, Virginia. Virginia es un nombre de mujer, claro, que además tenía rostro, mechones de cabello negro precipitándose en ondas, como en cascada, sobre una mirada tan ardiente como acerada ¡Qué paradójicos atributos!. Amada Virginia…, siempre lejana y escurridiza como un pez de colores al que se desea atrapar. Inolvidable, deseada, finalmente inaccesible, pero amada.

Allí estaba él, pura ruina, desde hacía apenas tres días, desde que los había sorprendido, a ella, la innombrable V. y al cochero, copulando como locos sobre el capó del Ferrari. Despeinada ella, como una furcia, agitándose, gimiendo, mientras él la embestía por detrás, transfigurada su cara en pura mueca de placer, que apenas se descompuso al verlo aparecer y detenerse incrédulo, derrotado, a tan solo cuatro días de la boda.

Fuera llovía, una lluvia de otoño diminuta, pero interminable. Se levantó a duras penas y se abandonó bajo una ducha fría que lo devolvió al mundo, tomó un café cargado y unas tostadas y salió al campo, caminando sin rumbo.

Después de lo ocurrido, su impulso fue el de huir, alejarse cuanto antes de todo, así es que después de dar a su secretaria las ordenes pertinentes para la suspensión inminente de sus esponsales, pidió a su tiabuela las llaves de la finca en la campiña y decidió tomarse unas vacaciones. Vacaciones…, ¿Cómo alejarse de los fantasmas que lo perseguían día y noche: la traición, el demonio de los celos, la humillación?. Y por otro lado ¿Cómo olvidar de un plumazo la belleza hiriente de su novia?, la pasión que a su pesar sentía… ¿Cómo hacerlo?.

Vino a sentarse sobre la base de un tronco cortado, cerca de un claro del bosque, junto al cauce de un arroyo, y fue espectador de una escena que consiguió sustraerlo de una vez por todas de su pesadilla. Comenzaba a clarear el día, y el sol calentaba con fuerza, cuando vio que una muchacha de apariencia humilde, tal podía tratarse de la criada de una finca vecina, se detuvo a descansar, sentándose sobre una de las pulidas piedras del riachuelo. Sacó un pañuelo de la manga, y después de sumergirlo en el agua, se secó la frente, aliviada, lo volvió a mojar, y ahora lo deslizaba por su cuello hasta el nacimiento de los senos, unos senos turgentes saltaron del apretado corpiño que ya había desabrochado casi por completo. Una sonrisilla maliciosa se dibujó en su rostro, miró a un lado y a otro, y tras asegurarse de que nadie había, comenzó a acariciárselos, ahora suavemente, luego apretándolos con lascivia, dejando ver unos pezones rosados, deliciosos y erizados. No satisfecha con esto, se recogió la amplia falda hasta la cintura, y hundió los dedos entre las piernas, que para sorpresa del espectador secreto, el lugar estaba al descubierto, sin bragas. Un triángulo espeso y perfecto aparecía ahora cual telón en miniatura que se abría en dos, y en el centro, un clítoris empitonado que pedía con urgencia ser atendido.

 

 

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