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Cuentos Chinos IV - Divino Vértigo

Para ser comandante de la escolta del Emperador no basta ser valiente y experimentado guerrero. Es necesario contar con la confianza y benevolencia del soberano, tal era el caso de Chu-Te, el valeroso y sagaz.
Son muy largos los días en el Palacio de Verano, y cuando por el calor no puede partir de cacería con su séquito, el Emperador envía algunas de nosotras para que Chu Te se entretenga.
Es en parte como muestra de la estima que nuestro señor le tiene, pero no solo por eso: a nuestro señor le gusta mirar cuando Chu Te nos penetra. Se deleita no solo con ver sino también con escuchar algún gemido ocasional que tratamos, por educación, de evitar. En una ocasión, que recuerdo especialmente por el calor que hizo esa tarde, poco antes de la siesta nuestro señor nos envió a Nieve de la Cumbre y a mí a los aposentos de Chu- te para despertarlo si dormía, dijo con una sonrisa. Relatos Eroticos - En un bosque de la China
Una de las virtudes, del Comandante de la Guardia Imperial, consiste en que necesita dormir solo dos o tres horas, y pasa gran parte de la noche recorriendo los puestos de guardia, dentro y fuera del Palacio. Esa tarde llegamos a su recámara y lo encontramos leyendo, cosa que dejó de hacer de inmediato cuando nos vio a Nieve de la Cumbre y a mí.
Las habitaciones de Chu-Te están decoradas con gusto y se puede estar muy cómoda en ellas, no sé, aunque lo supongo, que nuestros maestros de Feng-shui han orientado todo en ellas en el sentido correcto. Chu-te pidió, con gentileza, que nos desnudaramos y también lo hizo él. Estabamos sin nuestra ropa, salvo los calecetines que nunca nos quitamos, porque nuestros pies son bellos solo cuando están cubiertos.
El Comandante llevó luego dos escabeles hasta el lecho, y comenzó a dirigir las posturas en que nos quería. Pensé, al principio extrañada, que se trataba de ejercicios para estirar los miembros, pero pronto comprendí que deseaba entrar en Nieve de la Cumbre, aunque era mi rostro el que tenía cerca y fuera a mí a quien abrazaba. Con un codo apoyado en el escabel, Nieve de la Cumbre parecía meditar, pero yo supe que aunque inmóvil Chu-Te estaba logrando que ella acabase y no tan solo una vez. Entrelazados, los tres conseguimos que las lentas ondas de placer nos abarcaran, y quizás eso nos distrajo.
El cuerpo repentinamente en tensión de Chu-Te, efecto no atribuible a un orgasmo, hizo que prestara atención al levísimo ruido que hacía la seda de los ropajes del Emperador, que llegó silencioso y se ocultó detrás de la pantalla, a la cabecera del compartido lecho. Nosotros tres simulamos, como si se tratase de un juego, no habernos dado cuenta de su presencia y continuamos con nuestro gozoso Triángulo del Divino Vértigo, en aquella calurosa tarde de verano en el Palacio.

Traducido del mandarín por Prilidyano Buster.

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