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Clea - V

Clea sintió la tensión creada por el tono de voz de Fernando, pero reconoció casi al mismo tiempo que era Inma la responsable de su creciente desasosiego.

- Mañana por la noche parto a Lisboa. Quisiera  pedirles  un favor; me  dijo  el hostelero, que  no muy lejos se hallan las ruinas de una ciudad romana, me gustaría mucho conocerlas pero no puedo llegar por mis propios medios.

Itálica - dijo Inma, y miró burlona a Fernando - es un lugar muy  interesante.

Demoraba él su respuesta, dudaba, pero finalmente aprobó el pedido  de Clea.

Habían terminado de comer y bebían café verdadero cuando  la luz se apagó. Raspó  una cerilla  Fernando y  se dispuso a  encender las lámparas dejadas por Pilar. Aún no lo había hecho cuando Clea sintió los labios de Inma que la besaban suavemente. No se sorprendió: lo esperaba. Relatos Eroticos - Clea

En la habitación, ahora débilmente alumbrada, Fernando explicó a Clea los riesgos de estar en la calle durante el corte de electricidad. Quizás sea buena idea pasar aquí la noche – dijo - no falta lugar ni camas en la casa. Clea no respondió al comentario del hombre: su curiosidad se inclinaba hacia los frescos labios de Inma.

¿ Desde cuándo estás en España, Clea? - preguntó la joven -.

Llegué hace tres días, y hasta hoy he estado viajando.

Acompáñame – dijo Inma- te mostraré los tesoros que guarda este lugar.

Tomó una de las lámparas y fue a la puerta  opuesta a la que había utilizado Pilar. Las dos muchachas salieron seguidas por la mirada de Fernando, que permaneció en silencio.

Tomadas de la mano subieron unos escalones de piedra para llegar a un largo pasillo al que la lámpara iluminaba apenas. Mientras sus ojos se acostumbraban a la penumbra, los pasos de Inma ganaban  seguridad. Llevó a Clea hasta una puerta de oscuras molduras, que abrió con decisión. Una ráfaga de aire frío las recibió al entrar.

Para  sorpresa de Clea, estaban en una galería de arcos sostenidos por columnas, que daba a un patio, lleno de plantas, sobre el que brillaban las estrellas. Cruzaron este rápidamente y tras pasar un portal, estuvieron nuevamente bajo techo.   ¿Quiénes son los dueños de este lugar? - dice intrigada Clea -.

Los padres de Fernando; que no están aquí. Esta tarde han partido a la finca - respondió  Inma -.

Subian ahora una escalera de madera que desembocó en un corredor, tras pocos pasos, Inma, la introdujo en una enorme sala de baño.

Ven Clea - dijo esta - dispondré todo para que puedas bañarte. Dejando la lámpara sobre una mesa, se dirigió a una bañera de cobre reluciente junto a la que había un calefactor de agua, también de cobre, revisó este para comprobar que se hallaba cargado de leña y  encendió las astillas y el papel que se hallaban ya  dispuestos, luego de mojar estas con alcohol. Clea, apoyada de espaldas a la mesa la dejaba hacer, dispuesta a aprovechar la oportunidad, de tomar un largo baño caliente.

Inma acercándose a la puerta corre el cerrojo de esta, y luego saca de un armario  toallas que deja sobre un banco, cerca de la bañera, diciendo - Puedes  abrir la llave , no importa que el agua  salga fría al principio, luego sale tan caliente que es necesario mezclarla -. Clea repara en el grifo, una admirable cabeza de cisne de largo cuello, a la  que acaricia con las yemas de sus finos dedos, mientras comienza a surgir agua del pico entreabierto.

Las llamas del calefactor  ganaban  fuerza entibiando el lugar, mientras  fugaces sombras chinas se deslizaban sobre los azulejos.

Dentro de la  bañera , Clea levanta los brazos para enjabonarse el  pelo; el gesto  resalta sus firmes senos, que atraen la mirada y luego las manos de Inma; esta, con las mangas de su vestido levantadas,  derrama agua sobre Clea, en un gesto inicial  de ayuda,  que lentamente se transforma en caricias. Luego, el cansancio y el agua caliente amodorran a Clea, que ha descubierto una gran abolladura en el borde de cobre de la bañera, cuando escucha la breve risa de Inma en el cuarto contiguo. Decide salir del agua, y busca sus ropas con la mirada sin hallarlas, Inma solo  le ha  dejado los zapatos. Se pone de pié para envolverse en un toallón, para después de secarse el pelo con un extremo del mismo, abandonar el lugar, descalza, en la estela de la risa de Inma.

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Miguel De Nichilo.

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