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Clea - II

Bajó rápido mientras los guardias civiles la miraban. El que revisaba su pasaporte preguntó:

-¿Dónde está su equipaje?

Clea señaló el baúl en la entrada del patio.

- Deme usted las llaves –dijo el mismo guardia.

- Las tengo en mi cuarto, ya mismo las traigo- respondió ella.

Al subir se cruzó con dos hombres que bajaban las escaleras. Uno de ellos, mas apuesto, de unos treinta y cinco años, llevaba un abrigo colocado sobre los hombros, traje negro y camisa azul oscuro cerrada en el cuello sin corbata.

Relatos Eroticos - Clea

Regresó con las llaves del baúl. El apuesto desconocido con quién se cruzara en la escalera estaba ahora sin su compañero, sostenía el pasaporte de Clea en una mano. La joven vio el distintivo sobre la solapa del abrigo: el yugo y el haz de flechas,

¿Es usted griega o italiana?- preguntó el desconocido- y sin esperar agregó:

¿Qué asuntos la traen a Sevilla, señorita Clea Piérides?

- Soy griega, he salido de mi país con un salvoconducto, después de la invasión italiana. - Es muy largo trecho en estos tiempos, para una mujer sola y bonita. ¿No tiene miedo?

- Si y mucho- contestó ella- pero vengo del norte y debo continuar viaje a Lisboa; voy a reunirme con mi familia.

- Cene conmigo, esta noche – dijo él - Pasaré a buscarle, como a las nueve y media.

Le devolvió su pasaporte y se fue, escoltado por los guardias civiles.

El dueño del hostal que había mantenido una expresión servil hasta entonces se ufanó

- Ha hecho usted muy bien de aceptar, Don Fernando Carril Alonso es un caballero poderoso.

Clea respondió - Veremos entonces si es capaz de ofrecerme algo de comer, que apenas he conseguido un bocado esta mañana. Al terminar la frase, levantó los ojos y vio, en la galería de la planta alta, una muchacha rubia que la observaba. Al encontrarse sus miradas la desconocida se retiró a una de las habitaciones, dando un portazo. Clea oyó la risa entre dientes del dueño.

Clea segunda parte.

Bajó rápido mientras los guardias civiles la miraban. El que revisaba su pasaporte preguntó:

-¿Dónde está su equipaje?

Clea señaló el baúl en la entrada del patio.

- Deme usted las llaves –dijo el mismo guardia.

- Las tengo en mi cuarto, ya mismo las traigo- respondió ella.

Al subir se cruzó con dos hombres que bajaban las escaleras. Uno de ellos, mas apuesto, de unos treinta y cinco años, llevaba un abrigo colocado sobre los hombros, traje negro y camisa azul oscuro cerrada en el cuello sin corbata.

Regresó con las llaves del baúl. El apuesto desconocido con quién se cruzara en la escalera estaba ahora sin su compañero, sostenía el pasaporte de Clea en una mano. La joven vio el distintivo sobre la solapa del abrigo: el yugo y el haz de flechas,

¿Es usted griega o italiana?- preguntó el desconocido- y sin esperar agregó:

¿Qué asuntos la traen a Sevilla, señorita Clea Piérides?

- Soy griega, he salido de mi país con un salvoconducto, después de la invasión italiana. - Es muy largo trecho en estos tiempos, para una mujer sola y bonita. ¿No tiene miedo?

- Si y mucho- contestó ella- pero vengo del norte y debo continuar viaje a Lisboa; voy a reunirme con mi familia.

- Cene conmigo, esta noche – dijo él - Pasaré a buscarle, como a las nueve y media.

Le devolvió su pasaporte y se fue, escoltado por los guardias civiles.

El dueño del hostal que había mantenido una expresión servil hasta entonces se ufanó

- Ha hecho usted muy bien de aceptar, Don Fernando Carril Alonso es un caballero poderoso.

Clea respondió - Veremos entonces si es capaz de ofrecerme algo de comer, que apenas he conseguido un bocado esta mañana. Al terminar la frase, levantó los ojos y vio, en la galería de la planta alta, una muchacha rubia que la observaba. Al encontrarse sus miradas la desconocida se retiró a una de las habitaciones, dando un portazo. Clea oyó la risa entre dientes del dueño.

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Miguel De Nichilo.

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