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A una señora bonita


Autor: Héctor J. Cediel, de Colombia

La vida en rosa, siempre será más hermosa, Señora Bonita. Que importa que la blasfemia, no se llame poesía. Conservo la imagen en versos, de un mundo que agoniza de rodillas. La tristeza insiste en prepararse para la muerte. El recuerdo salva cenizas para sembrar vida. El corazón agoniza, pierde pedazos de carne viva. El alma se ahoga contemplando el cielo y el dolor le impide huir del cruel destino. Mi sepulcro es la sonrisa y las pocas ganas de vivir. He meditado bajo las ruinas de mis sueños, ahora solo es recuerdo el fuego de mi corazón y el amor no es más, que el conjuro de la tristeza. El otoño se ha llevado al fuego, a la luz, los frutos, las flores y la demencia de las raíces; las erosionadas sombras del amor se borran, así como el mundo y el viento en llamas de las paredes. Entre caída y caída, sigo tirándole piedras a la rayuela. Una a una se apagan las luces de la vida que pierdo; conservo con orgullo las condecoraciones de la derrota, mientras la vida se desliza como un gato negro.

Mi madre se cansó de mí, cuando más la necesitaba. Todo lo que recogí en la vida, ahora nada significa; de tanto recibir hachazos, al fin estoy sucumbiendo, viniéndome  hacia abajo como un pájaro herido de muerte y vacío de cielo. Solo ansío escuchar la música de mis versos en otras voces ¡Ojala nunca conozcan el sosiego del oasis, ni la guerra!

Deja que la demencia de la locura, espante al tedio; que pase descalza como el viento de las estaciones. Te he cantado para que te decidas a ser mi estrella; me aburrí de soñar, de caminar, de amar, de ser feliz. No más luz, ni tierra sobre mis ojos. No más olvidos mezquinos. Añoro el aroma y el sosiego de la yerba que fumé. Cargo llagas en las manos de asesinar fantasmas; se han borrado de mi memoria, algunos nombres de amores. Dejemos que se deslice el olor de nuestras caricias, sin ponerle fechas a nuestros recuerdos. Reinventemos sueños sin quimeras y sin huir de la ternura; ensoñemos al amor, mordiendo una estrella, antes que se corrompa la mirada voyerista de la luz; a veces aúlla como una loba sucia en la oscuridad; Los ruidos de nuestros cuerpos serían más limpios, así la magia huya descalza y a medio vestir al encandilarse. Permítele a las líneas de tu mano, vivir sin temor sus deseos. No importa si regresan sin esperanzas. Ábrele al placer la ventana, para que el amor ahueque la almohada y tu cuerpo. Solo los sonidos del reflujo de nuestros cuerpos, nos permiten sobrevivir. Los gritos de la sangre, buscan con ansiedad un rincón oscuro, mientras pasa bajo la lluvia nuestra tristeza. ¿Por qué tengo que imaginar tus besos, como un muñón del amor o de la esperanza?. El grito que brota de mi alma, se ha apagado. Tal vez nunca conozcan mis nietos al abuelo que quise ser. Se silencian los sentidos, después de un profundo dolor.

Bajo la sombra del cansancio, deseo echarme a morir de olvido. Tu nombre petrificado, es un eterno Sol en llamas; la tristeza lo puede borrar del mojón o de la atalaya. ¿Por qué  el amor tiene que ser un vestido de madera y la vida una tumba de mármol? Eres piedra de viento y el tiempo esculpirá tu recuerdo. Si deseas saber cuanto te quiero, no sonrojes si crees que son obscenos mis versos; rojos y ardientes como mis deseos de vientre, de cuerpo desnudo. Me cansé de destapar botellas y nunca encontrar nada, ni siquiera un camino seguro o la boca del túnel. Ese insaciable apetito que al amor siempre acompaña, enturbian las aguas de las ilusiones cuando se estancan. No imagino la indolencia, ni la maldad en tu mirada; solo la sed me sostiene aferrado a un suspiro de vida. El espejismo ha confundido los sentidos de la rosa de los vientos, mientras un ángel misericordioso empuña el harakiri. El poder que tienes sobre mí, sostiene la mano. Llueve y no soy de barro. Pronto desaparecerán las huellas de los relámpagos y el estruendo de los truenos, cuando intentan rasgar el cielo. Ellos han destruido, lo poco que poseía: Una demencial alegría. Emborráchate de nostalgia con los relinchos del fuego. Pasa una gaviota negra. Negra como el agua que bebo. Negra como el cielo, el destino o el barco que navego. Soy un fugaz pasajero, habitante del amor y del destino. Te convido a caminar sobre las gélidas aguas del fuego.

No hay aldabones en la puerta que conduce a tu desnudez; tú cuerpo estéril le esquiva la mirada al semen; bebes el amargo arado por el rio en las venas del túnel; he bebido del cántaro, las lágrimas del pistilo femenino; los pasos del vino muerto, solo le teme a los días idos. Anhelo ser la brisa que revuelva siempre tus cabellos; el Sol que tatúe versos sobre los miedos de tu cuerpo y el mar frente a nosotros, como un tendido tibio por la amorosa bajamar. Déjame recoger al pelo sobre tu nuca, para escribir sobre tu piel una carta de amor, antes que el peso invisible, marchite el deseo. Descubramos un lugar donde nuestros corazones se puedan amar.  No tienes nada que perder, en los naufragios sobreviven los que saben nadar. A veces nos fastidia mi peor enemigo: Yo mismo. Desnúdate de las buenas costumbres, de prevenciones; en cada gota de semen, veo al amor de rodillas; deseo desvestirte para quitarle toda la tristeza a tu cuerpo. Sobre la luna del espejismo, una joven comienza a menstruar. Esa no eres tú. La mujer que amo es Sol y arde. Morimos cuando se pierde el interés, por lo que se puede amar. Desenredemos las ansias de la muerte de nuestro pecho y libérate de la falda manchada. Quisé besar los labios de tus versos, ahora que eres una bella remembranza; para no olvidarte: Salvé recuerdos para ponerle alas a la fantasía de tu mundo.

Señora Linda, siento el eco de tu voz, como un grito de aliento para arremeter en la batalla. La angustia de nuestras manos, los dedos encrespados cual garras hambrientas o esas miradas de odio-amor, cuando nos cita para hablar a solas. Deseo volver a tu vida, sin pensar en el tiempo perdido. ¡Ah, tantas noches y amaneceres perdidos! Soy de los hombres que pocas veces tienen que pedir excusas, por ser el timonel de mis pasos y el gaviero de mis sueños. Te miro a los ojos y no sé que decir, cuando dejamos pasar la vida bajo el puente.

Quisiera decirte: Estoy muriendo, y continuar sonriendo. Sería injusto con el brillo de tus ojos, el abrir heridas sin esperanza. Pronto enfrentaremos el gran dilema, de ser amigos hasta siempre; después de enterrar nuestros sentimientos, todas las buenas intenciones se reducen a eso: Buenas intenciones. Escucho una sonrisa burlona, que intencionalmente ignoro, como salpicaduras mundanas de barro. Deseo decirte, Amor: “Perdona el haberte hecho esperar, para expresarte un ¡Te amo!, por tanto tiempo.  Perdona por no haber visto crecer nuestro sentimiento; nunca tuve tiempo para ver lo bello de lo simple, de lo cotidiano. Voy a actuar y a pensar desde mañana; ahora que he vuelto a nacer de nuevo, intentaré no repetir los mismos errores, ni de olvidar los pequeños grandes detalles, que nos enriquecen con ilusiones frescas. Podríamos estar celebrando algo o simplemente hablando un poco; recuerdo cuando rebuscaba a una rosa, para que hablara por mí; cuando el futuro dependía de nuestros sueños, mientras recorríamos las calles para refrescarnos de las convulsionadas brisas...” Hoy la historia se repite; podría ser la gran historia de amor el lado bueno de una inmensa pesadilla; sé que es difícil el superar los obstáculos que un día nos separaron; nuestra confianza se enturbió, a pesar de manejar el riesgo; te siento distante y extraña, a pesar de haber estado a punto de agarrarte a besos.

Señora Encantadora, cuantas veces sentí tu piel como los labios de la ternura. Tus poros deseaban eructar, el fuego de la ansiedad. La historia de tu corazón, ahora anda descalza; la brisa despeina tus sueños, para que ondeen como el blasón del estandarte. Siento el silencio de tu voz, como la bandera blanca desplegada de tu alma. Eres de las mujeres que necesitan del abrigo de un abrazo o rebuscan para saciar la sed, en el manantial que oculta el oasis en su intimidad. Con todos nuestros sueños, fecundamos a nuestras esperanzas; hasta hacer llover estrellas cual palomitas mitológicas, capaces de romper el hechizo y despertarnos con el reflujo de un mar sin límites, ni playas; profundo como el sentir de tus besos, por los laberintos secretos del oratorio del cuerpo .


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