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A una señora bonita


Autor: Héctor J. Cediel, de Colombia

Señora Preciosa, la imaginación de los besos y de los dedos, son más importantes que el conocimiento. Se aprende a vivir, viviendo. Se aprende a amar, amando. Aquí Señora Preciosa, hasta las películas eróticas se ven inocentemente obscenas. Aquí la mancebía de los sentimientos prohibidos se cita para ponerle a la desinhibición alas. Aquí hay que saber volar.

En este momento en silencio, los cuerpos se observan y se descubren, sin preguntas, ni diálogos trascendentales. Cada uno desviste al otro, sin importar como o donde caigan las prendas. Con la desnudez aparece soberbia la belleza. Es como si la naturaleza engendrara con sus manos el milagro.

Señora Preciosa, ahora sé que la belleza eres tú, mi amada amante. Con la irreverencia de los primeros besos, la lujuria abre de par en par, el portón del goce. Es como escapar del mundanal ruido en una burbuja de fantasía.

Señora Maravillosa, tus senos lucen jugosos y ansiosos de madurez. Tu vientre es paisaje. Tu cuerpo es un hermoso paisaje de dunas y estepas. Tus piernas se ven cual ansiosos leños, por sentir las brasas para ser llamas y luego una amorosa hoguera. Ahora las caricias tallan con cuidado los cuerpos, mientras con besos irreverentes se esculpen las más sensuales sombras.

Señora Bella, con solo escuchar la palabra cascada o rio, te humedeces como los ojos del cuerpo pleno de felicidad y goce. Eres la más sensual y bella de las cariátides que conozco. Sobre ti, ensueño las más deliciosas sensaciones, rojas como la fresa, o la frambuesa, o tus labios rojos. Solo una mujer enamorada, Señora Bella, cabalga sin temor cualquier época y se regala todo el tiempo, o se los arranca con los dientes al día. Sobre el espejismo de las paredes se pinta tu cuerpo. La patina de tu piel es hermosa y tus cabellos caen como un delicado velo, sobre los pezones de tus senos.

Señora Primorosa, a las horas se les borra la fatiga, hasta que desbocadas quedan extendidas como las sábanas de los amantes. Nos amamos una y otra vez, así como las olas embisten las playas y sobre las arenas, solo sobreviven por testigo algunas huellas, que borran las espumas y el viento.

Después del desliz hay que borrar la culpa. Para no sentirnos culpantes de yerro alguno, limpiamos nuestras conciencias con un jabón chiquito. A veces para vivir el ahora, hay que citar con el cuerpo desnudo, como los gladiadores desafiando las espadas y las lanzas de la perversión o del escándalo. Cuando te recuestas sobre mi cuerpo, veo pasar el tiempo sin malicia. Luego, me siento como un naufrago sobreviviente, aferrado a un madero del naufragio y luchando contra la hipotermia del corazón.

Señora Primorosa, gracias a ti, he vuelto a amar sin miedo, sin enmiendas, ni censuras, porque vivir también es escarmentar los silencios; es edificar para cambiar la vida, es cambiar el estilo y el ritmo de los versos de nuestro vivencidario; es perfeccionarnos sin hacer daño, y es lancear al destino para probar la más pura de las suertes. Cuando nos vestimos, en parte calzamos un disfraz. Nos ocultamos bajo máscaras y ornamentos, para enfrentar al circo. Nos engalanamos y lucimos las capuchas de la hipocresía, así todo luzca semejante a un vulgar doblaje.

Señora Bonita, no deseo que Dios juegue al azar con la felicidad de nosotros. Vivir puede ser tedioso y peligroso, pero el amor siempre nos aferrará a la vida. Lo importante no es dejar de vernos a los ojos, de besarnos o de hablar de amor. Detrás de cada acto de amor, siempre encontramos a Dios. Cuando no te maravilles, ni te excites en el amor, será mejor que desaparezcas, porque tus ojos ya no verán nada. Si buscas nuevas sensaciones, nunca hagas lo mismo. Deja que tu imaginación vuele, como las hojas del viento.

Siempre creí que el amor era entre dos y para siempre; hasta que los rayos de la primavera, inundaron como los trinos de los pájaros a la madrugada para abrir las semillas de sus crisálidas y con colores mi alma. Mis sentidos se embriagaron con aromas extraños, demenciales, exóticos. Mi tristeza  se fué bogando con las cuerdas de un tiple y de una guitarra. Aún retumban dentro de mis entrañas las melancólicas canciones de la Señora Maravillosa; llevo adherida a mi piel su aroma y la fragancia roja de su ardiente deseo. No sé si abrirle una puerta a tu soledad o huir para no hacerte daño con mis espinas. Si pudiera cubrir el Sol con las manos: lo haría, para no volver a cargar nunca más, con un remordimiento sobre las espaldas, porque el desamor nos cose con alambre de púas las heridas. No sé si sea bueno o si pueda enamorarme con la ilusión y la ceguera de la primera vez. No sé si mi alma se pueda desnudar con el mismo candor, cuando el paisaje nos embriaga igual a un beso o una inocente caricia. No sé si es diáfana mi ingenuidad. Solo deseo leer respuestas en tu mirada; que el destino de nuestras estrellas y la voz profunda de nuestro espíritu, se pueda leer sobre las palmas de nuestras huellas.

Señora Hermosa: Cuando disgustamos y escribí: “Eres todo el desencanto de una noche desolada. Jamás comprenderás mi canto, ni la razón de mis pasos. No vas a escuchar el grito liberador por enceguecerte tu pasado. Solo sombras y temores, concibe tú podrida memoria. Nada brota de tus senos ¡ni una gota de cariño! Eres un lucero sin esperanza. Solo me llegan de ti, imágenes viejas o muertas. Quisiera sentarme a hablar con nuestra historia. Siempre quisé revivir el fuego, pero no lograba ni una sonrisa. De todo lo que mis labios tocaron, me llevo hasta el último recuerdo, grabado en el corazón y en las manos; así como el aroma de tu cuerpo y de tu sexo. Sé que el destino era saltar dentro del volcán, hasta hacerlo erupcionar-así fuese a patadas-. El destino es negro para quienes hacen historia. La predestinación los sacrifica sin piedad, para que otros le puedan cantar a la vida y a la rosa. Cito desnudo con mi cuerpo frágil, a las estocadas inmisericordes de los amores absurdos; sicariadas bestias disfrazadas por los buitres, me calzaron mal las espuelas para encender la pólvora. Que no sea el pan, ni fiesta de dos días; que sea mi nombre la enredadera que te abrigue. Siempre quise que mi sangre fuese miel…”

Señora Venusta, el tiempo de los amantes, cada vez se hace más corto, rompe las barreras del sonido, se encienden y apagan las luces, como un día excitado por el Sol. Necesitábamos hablar y asociar las semillas que sembramos; quisimos contemplar desde otro ángulo la ciudad que habitamos y respirar hondo…y respiraste profundamente…y respiré con hondura.  Ataste con temores tus promesas, cuando juraste que no me ibas a volver a ver. Sabías que estaba herido y escondido bajo la sombra de mi querencia.  Verte para no morir de sed,  era todo lo que ansiaba mi alma; era sentir una rosa, como tú piel sobre mi piel; sentí todo el peso del hilo que nos une y almorzamos con lo dulce de lo prohibido. Estamos cazados por la mira de los sentimientos; escondidos en un callejón sin salida; disfrutando de caricias que sanan nuestras heridas con fuego. Tus labios están ardidos por el verano; tú piel esta cansada y confundida. Aún no encuentras respuestas a tus preguntas; vives mañanas cuando se hacen presentes, sin mayores expectativas. Solo crees en las auroras, sin hacerle más preguntas a la primavera. Hoy me regalaste una rosa de esperanza; voy a hablarle cuando me sienta solo y necesite hablar contigo. Voy a acariciarla cuando sienta frío y necesite sentir tu piel ¡Eres como ella! ¡Hermosa y sin espinas! Llena de verde en las venas, llena de pasión en la flor; suave y sensual como tus palabras, como tus sueños. Hoy tenía el alma destrozada, así como mi voluntad estaba desecha, mi cuerpo era una ruina sin fuerzas. Tu corazón escuchó el grito de mi tristeza, me extendió la mano que necesitaba; deseaba hablarle a una estrella y no había estrellas en el cielo; con un beso levantaste mi mirada, para que pudiera ver el arco iris y sentir a la brisa embriagada, por el aroma de las flores. ¡Te amo! Cada vez creo más en la transparencia lucida de tus sentimientos ¡Eres el poema más hermoso que me ha escrito la vida!

 


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