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A una doncella del aire


Autor: Héctor J. Cediel, de Colombia

 No importa la estación para embriagar el brillo que destila mi tristeza. Aún gozamos de tiempo para amarnos, creer en las cartas y en los astros, mientras el corazón borra el brillo entristecido de la agonía para siempre. Se rasgará encolerizado y celoso el cielo. Volarán rayos y centellas como platos y palabras soeces. Nada detendrá al desesperado escape. Por ti renuncié a los placeres mundanos. Perdí la razón, el alma, la vida. No existen segundas oportunidades, si se renuncia al amor.

Vivo sin prisa, abrigado a la esperanza de los hilos de la muerte. Nadie imagina lo soportado y lo sentido con angustia y zozobra, durante casi una vida. El desespero y la angustia, camuflaron la perdición. Alteraste el sueño de la monotonía, la brisa, el grito y el eco de las voces muertas. Sembraste ilusiones pobladas de recuerdos.

Quiero saber qué escribe tú alma, detrás de la máscara de tus versos. Qué llena la laguna de tus suspiros; y por qué siembras astromelias, donde podría crecer un rosal. Deseo comprender tu dolor y cómo sobrevivió al huracán; o por qué no quedó enredado a 35.000 pies de altura de los cabellos de una tempestad. Cuantas veces hiciste de chaperona de algunos enamorados, o tu sonrisa fue el consuelo de quienes huían de la muerte o a hacer patria como desplazados por sus ideales. Pienso que aprendiste a leer el dolor, la alegría o el miedo, olfateando las palabras o las miradas; o a compadecer en silencio, si veías a alguien vendiéndole su alma al demonio. Cuántas auroras o crepúsculos, pintaron añoranzas en tú mirada después de apagar el fuego de la piel. La sensación de nuevas brisas, de aires con nuevas emociones, viviendo sensaciones de placer, pieles exóticas, pieles frías, pieles sensuales, pieles muertas, paseándose de un lado hacia otro, como enjauladas dentro del absurdo carrusel de las inmigraciones y emigraciones, de los sentimientos de las hormigas. Cuántas veces te sentarías a descubrir historietas en las miradas. A percibir cómo Madrid, New York, Paris, Frankfurt o Buenos Aires, eran mundos totalmente diferentes para los ojos y el corazón de esos extraños. Cuántos corrían desbocados contra las manecillas de sus relojes, como plumones intercontinentales a la deriva sobre las alas del viento. Viviste como un sueño de hadas, los mejores años de tú vida, o como una bucanero destrozando sueños e ilusiones fugaces. Cuántas veces verías a la tierra como un tapete rojo extendido a tus pies, o llorarías de nostalgia, escondida entre las últimas sillas, añorando el abrazo de ese niño que jamás tendrías en tu vida; encontrar una chimenea encendida, una botella de vino y unas rosas. Cuántas veces te preguntarías ¿En donde estoy? ¿Para donde voy? ¿Cuándo dejaré de soñar y me desembarcaré para construir mi propio espacio?. Tantos sueños, tantas ilusiones ¡bellas y fugaces!, como la sensación de los besos, de las caricias con promesas incumplidas. Olvidaste su nombre, el suyo, este otro, ese también, este otro también y así cientos, como si los recuerdos perdieran la memoria en los espejos de los laberintos. Pienso que viviste enamorándote y desenamoradote de fantasmas sensuales y lujuriosos. Aprendiste a no ilusionarte para no sufrir con las despedidas. Aprendiste a pensar y a ver a la vida como los cóndores, las águilas, las palomas o los pájaros. Cada vez que te remontabas al cielo, una sensación diferente te acompañaba. Llegaste a sentir orgasmos cuando te incrustabas en las nubes y te las devorabas como copos de algodón. Llegaste a sentirte como un ser superior; como una hembra maravilla. Creíste que tenías alas de tanto escuchar que volarías. Te enamoraste de de la belleza de esos pájaros metálicos como si fueras su amante, cuando te abrazaba su potencia y te arrastraba hacia la floresta de estrellas. Cuántas noches paseaste cerca de la luna o se broncearon tus sueños más cerca del sol. Cuántas veces te arrullo el viento, como si soñaras dentro del útero de una cuna. Cuantas veces le rogaste a tú cuerpo un máximo de esfuerzo, cuando se sentía enfermo o fatigado de volar; sé que aprendieron a amarse incondicionalmente como un par de buenos alcahuetas. Se quisieron en silencio en un simbiótico abrazo con las tripulaciones y las naves, hasta el día que no tuviste el valor para voltear a mirar y decirles adiós para siempre. Los aviones saben cuando los llevan al deshuesadero como a los caballos viejos…tantas imágenes…tantos recuerdos. Sé que puedes rememorar experiencias de muchos vuelos. ¡La gran familia!, ¡Tantas tripulaciones!, que aparecían y desaparecían como militares en los frentes de guerra. Tú mundo lo construiste en las nubes y allí edificaste realidades. Ahora abres tú vivencidiario cuando deseas dejar volar a tu imaginación por el pasado.

Hoy tienes que inventar los colores de las auroras y los crepúsculos con las palabras que recogiste por los cielos. Te cansaste de espolear tus sueños y de danzar sobre las llamas con la irreverencia de las hadas. Desde la buhardilla, tus dedos luminosos construyen versos con recuerdos, que reinventas para no emborrascar el sosiego, de lo que se escribió con pasión sobre las arenas de la memoria. ¿Cuántas estrellas tocaste con la punta de tus dedos? ¿Te aguardarán aún en la otra orilla, los alunados que dejaste esperando, para escribir el epílogo de esas historias de amor que quedaron inconclusas? Eres el lucero en la oscuridad de mi infinita noche invernal. Eres el licor que me embriaga en los días de hielo. Te siento como un talismán que me regaló el cielo, para enmendar las heridas de mis sueños. Sé que tienes espíritu de mariposa como todas las mujeres hermosas; y para ti el cielo siempre será una pradera azul, para que la cabalguen los caballos blancos, cuando se desbocan como la música de los cabellos de los amantes.

Con todo el sentimiento del corazón de tú Superman; ausente en tus versos por los secretos de los silencios.

EL PERRO VAGABUNDO.

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