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Estrechos son los bajeles - VI

O bien, ¡libres mis brazos!...y mis manos tienen
licencia en el atelaje de tus músculos –sobre todo
ese altorrelieve de la espalda, sobre todo ese nudo mo-
vedizo de tus riñones, cuádriga en marcha de tu fuer-
za como la musculatura misma de las aguas. ¡Te loa-
ré con las manos poderío! Y tú, nobleza del flanco
viril, pared de honor y de altivez que guarda todavía,
desnuda, como la huella de la armadura.

El halcón del deseo tira de sus pihuelas de cuero.
El amor cejijunto se inclina sobre su presa. Y yo, yo
he visto mudarse tu rostro, ¡depredador! Como aconte-
ce a los rateros de ofrendas en los templos, cuan-
do cae sobre ellos la irritación divina…Tu dios
nuestro huésped de paso, Congrio salaz del deseo,
remonta en nosotros el curso de las aguas. El óbolo
de cobre está sobre mi lengua, el mar llamea en los
templos, y el amor ruge en las caracolas como el
Monarca en las salas del Consejo.

¡Amor, amor, faz extranjera! ¿Quién te abre en nos-
otros sus vías de mar? ¿Quién toma el timón, y con
qué manos?...¡Corred a las máscaras, dioses precarios!
¡cubrid el éxodo de los grandes mitos! El Estío, cru-
zado de otoño, rompe en las arenas recalentadas sus
huevos de bronce jaspeados de oro en que crecen los
monstruos, los héroes. Y la mar a lo lejos huele fuer-
temente a cobre y al olor del cuerpo masculino…
¡Alianza de mar es nuestro amor que sube a las Puer-
tas de Sal Roja!”

Saint John Perse.

John Perse.

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